En la Cima de una Montaña

montaña

Este mes de mayo subí el cerro Uritorco en Capilla del Monte, Córdoba, Argentina. Fue una experiencia realmente espectacular, cuatro horas de subida y tres de bajada, 5548 metros desde la base, nada mal para alguien que no es deportista como yo. Nunca pensé que me iba a gustar tanto subir una montaña, hoy adoro hacerlo y me estoy proyectando para la siguiente.

Todo comenzó cuando subí al Huayna Picchu en el año 2011. Ni en sueños pensaba hacerlo de no ser porque me hice amiga de una chica japonesa que con tanto entusiasmo me convenció de hacerlo ¡y se lo agradezco tanto!, si bien tenía menos edad, en ese año tomaba alcohol y el físico no andaba bien, aún así logré mi propósito.

Este mes coronó el Everest la primera mujer peruana, claro, no pretendo hacer comparaciones ya que estamos hablando de otra cosa, pero antes no entendía el afán de ciertos locos de querer subir a la montaña, para mi no tenía el menor sentido hasta que lo experimenté.

Recordemos que grandes acontecimientos ocurrieron en la cima de una montaña, donde Moisés recibió la Torah y luego los 10 mandamientos, otro ejemplo cuando se da la transfiguración de Jesús en un monte.

Subir una montaña es trascendental tanto a nivel físico, emocional, mental y espiritual. A nivel físico claro está el ejercicio que uno hace y las calorías que se pierden. Sudar hace que uno bote gran cantidad de toxinas, lo que es una muy buena desintoxicación a través del sudor. Así como se pierden kilos también uno descarga emociones, es decir, las vamos dejando en el camino. Sin duda uno goza del paisaje y la naturaleza, del aire puro, pero también entran a tallar las emociones al sentir el cansancio físico y si vamos a ser capaces de llegar a la cima. En mi caso, he dado más de lo que mi cuerpo físico podía dar, sin embargo he llegado a la meta en base a pura perseverancia y voluntad y la satisfacción que uno logra no tiene precio.

Cuando uno ya tiene horas caminando, en el trayecto la bulla mental comienza a disminuir, es allí cuando damos paso a nuestra voz interior, que comienza a hablarnos de manera más clara. Siempre nos habla, la diferencia que casi nadie lo escucha debido a la bulla mental. Es un excelente momento para tener diálogos con la naturaleza, con los elementales, con la Madre, con los Apus, con el padre, y en mi caso hasta con un pájaro guardián que realmente me conversaba dándome indicaciones.

Cuando uno sube una montaña, se conecta con los elementales de la Tierra y con los elementales internos, que como ya mencioné, se “remueven” para que podamos soltar y volver a equilibrarnos.

El Uritorco es realmente mágico y cuenta la leyenda que el Caballero Pércival dejó el santo grial, ya sabemos que no es algo físico pero tengo la certeza de que sí estuvo por la simbología templaria que encontré en el camino. Es un cerro masculino así que me conecté con la energía masculina que me encanta al igual que la femenina, pero en este caso me fascina llevar al límite mi voluntad alineada con la fuerza de Dios, uno se da cuenta que todo es posible cuando nos encomendamos al padre, por lo que es una excelente oportunidad para que alguien deje sus adicciones en la cima.

Uritorco es uno de los puntos donde se ubica la ciudad intraterrena de Erks, por eso hay muchísimos avistamientos, además de la presencia de la Hermandad Blanca. Es un sitio mágico, no tengo palabras para describirlo, es un lugar que ya está en otra dimensión, en otra velocidad, por eso tanta magia, por eso me sentía como personaje  de cuentos de hadas capaz de hablar con las aves. Volviendo al tema, subir un cerro es un peregrinaje espiritual, que no tiene que ser sacrificado sino aprende a gozar en el camino como de la propia vida, así debe ser. La meta es importante, pero estar proyectados a la meta lo único que genera es ansiedad y cansancio, es por ello que ante todo lo importante es el camino, paso a paso, y la meta es solo la cumbre de algo que uno debe disfrutar en todo momento, de lo contrario no hay que hacerlo.

Cuando llegué a la cima del Uritorco toda sudada, me eché a llorar, era un llanto emocionante, de descarga, de bendición, allí en un lugar rodeada de otros Apus interactuando con los hermanos mayores, y donde se reciben las respuestas trascendentales de nuestras vidas. Llegar a la cima de un monte, es un puente entre la Tierra y el Cielo.  Mi conexión con mi vida templaria fue más contundente que nunca, mi sagrado masculino que honro. Todo el camino iniciático templario en la subida de un cerro, donde la determinación, la devoción, la guerras internas, los miedos, todo es enfrentado, para finalmente poner tu propia bandera de paz.

 

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